La capacidad creadora del ser humano, su distinción biológica entre las demás especies, le faculta, ante todo, para transformar su entorno, su cultura (es decir, el producto de sus actos creadores) y, en última instancia, para transformarse a sí mismo y delinear su futuro. A la altura del siglo veintiuno llegamos a una encrucijada, bocacalle del camino que hasta hoy hemos construido; desde donde divisamos, como desde un vívido purgatorio, las consecuencias tangibles de nuestros actos pasados.
Uno de los productos de tal creatividad, la tecnología, nos permite ver el planeta como si fuese una pequeña villa, donde nos enteramos de lo que les sucede tanto al vecino cercano como al lejano. Pero la tecnología ha parido, asimismo, sus propias camadas de críos, algunos de los cuales amenazan a la raza creadora, incluso con el exterminio. El más aterrador de ellos está creciendo inconteniblemente. Le llaman calentamiento global.
Por el trópico y subtrópico se registran sus correrías: un aumento en la magnitud de los huracanes, los ciclones y las tormentas tropicales. Devastadores ejemplos hemos visto recientemente en la vecindad del Golfo de México y hoy día en el sur de Asia.
La redistribución de las precipitaciones marca un aumento de sequías en lugares ya de por sí muy secos; así como el aumento de las lluvias en otros puntos geográficos. Algunos achacan a tal fenómeno el origen ulterior de la catástrofe humanitaria que transcurre actualmente en Darfur.
Quizá muchos creyeron que los países del hemisferio norte, principales progenitores de semejante criatura deforme, estarían exentos de su mortífera amenaza. No obstante, por acá se pasea campante y dejó a países como Alemania sumidos en un invierno (2006-7) que no fue más que un constante otoño o un adefesio de primavera y luego, una práctica ausencia de verano. Mientras, en el Reino Unido el verano trajo las mayores inundaciones registradas desde hace una mitad de siglo. Al mismo tiempo, el sur de Europa ardía, literalmente, no sólo porque en algunas regiones se sobrepasó los 40o C, sino por los voraces incendios que arrasaron con bosques, pueblos y pequeñas ciudades a su paso. Estos se contaron desde las Islas Canarias,
Los hábitos de consumo debemos cambiarlos. Ellos dependen de todos y cada uno de nosotros. Los modelos de consumo, no obstante, son impuestos por decisiones políticas, provenientes de políticos que usualmente se preocupan más por números macroeconómicos que por lo que los mismos representan en términos humanos, así como en términos de la cultura humana.
El año anterior los costarricenses tuvimos la oportunidad única de elegir el modelo de desarrollo (y de consumo) que deseábamos seguir y deseábamos exponer de ejemplo al resto de los pueblos hermanos. Y el asunto, en términos ambientales (que es lo mismo que decir, en términos de seguridad de la raza humana –término superior a “seguridad nacional”), se circunscribía en decidir entre un sometimiento absoluto del entorno y sus riquezas al exclusivo servicio del libre mercado, el consumismo desmedido, la presión constante sobre los límites de aguante de nuestra Tierra; y entre un progreso ante todo sostenible, solidario, erradicador de la miseria; el cual, al fin de cuentas, tenía, entonces, que empezarse a diseñar una vez archivado el mamotreto de la discordia.
No obstante, ahora el reto es mayor y los objetivos en términos de sostenibilidad ambiental, más difíciles de alcanzar. El reto mayor implica el convencimiento del consumidor, como ente fundamental en el engranaje de la relación economía-ambiente. Pero también implica el fortalecimiento de un sistema efectivo de contrapesos que logre detener los avasallamientos de los recursos naturales, así como promover su más óptimo uso, con el fin de que tal utilización contribuya con el desarrollo integral de la sociedad costarricense. Esto, por supuesto, es más difícil en un contexto consumista, neoliberal de remate.
(Adaptación de texto escrito en agosto de 2007)
